No se puede prohibir, el impulso vital,
ni la gota de miel, ni el granito de sal...
-Eladia Blázquez-
Alfombra de fragante percal persa
y una patria roma donde serpentear
en primitivos, salvajes oleajes.
Desgarrar tu alma, cual fiera irracional,
manipular llanuras, en espasmos arrancados
a fuerza de bestiales empellones.
No éramos dos, ni siquiera tres, ni cinco,
éramos una multitud bizarra, soberbia.
Narcosis, lenguas de fuego y mareo.
Te maté con él, con aquel,
y con algún otro… ya no recuerdo cuántos nos habitaban…
Sabía que construíamos -de nuevo-
una farsa de amor, con pasión y ternura
-que sin ella no me aboco-.
Desflorada como en plena primavera,
en estallido como púberes.
Enloqueciste de pena al cerrar la puerta
de férrea lambertiana.
Sabía-mos que, otra vez
Cada uno era “uno solo”...
-Y NO ME PESABA
AL FIN NO PESABA-

